La inercia del cerebro amenazado

Junio 2/2020

Llevamos en aislamiento obligatorio más de sesenta días y cada vez que llega una nueva noticia sobre la extensión de la cuarentena, no vienen a mi mente los días que seguiré siendo profesora de mis hijos, ni los platos que seguiré lavando mientras atiendo reuniones de trabajo en el teléfono.

A mi mente llegan imágenes de los niños y niñas que se irán a dormir sin haber comido nada; la sensación de vacío en el estómago de miles de padres que no les queda otra opción que salir a rebuscarse lo del “diario” con el miedo de lo incierto y la ansiedad de quienes experimentan violencia física y emocional activada o profundizada por esta situación.

Cinco millones de nuevos desempleados en Colombia en el mes de abril y un aumento sostenido en los casos de contagio del covid 19 son indicadores de que lo más difícil está por venir. Ante esta situación

estamos todos reaccionando desde el miedo. Y esto es una buena y mala noticia.

La buena es que el miedo nos permite sobrevivir. Si nos encontramos un bus de frente a nosotros, el miedo nos mueve a reaccionar y por eso es que corremos para salir de la vía. El miedo es un gran aliado cuando las amenazas son reales. El cerebro activa nuestros centros hormonales para que podamos tener la energía suficiente para atacar, defendernos o paralizarnos. ¡Que viva el miedo cuando nuestra vida está en peligro!

La mala noticia, y esto es lo que la mayoría de nosotros no sabemos, es que nuestro cerebro no sabe diferenciar entre una amenaza real o una ficticia. Aquí es cuando las cosas se complican y nuestra capacidad para decidir libremente cómo nos relacionamos con la realidad se pone a prueba.

Nuestro cerebro puede activar con la misma intensidad nuestras reacciones frente a una situación que nos ponen en peligro real o una que “creemos” o “interpretamos” que nos puede poner en peligro. Es por esto que muchos en este momento están experimentando ataques de pánico, aún sin haber perdido su trabajo o contraído el virus. Otros están teniendo episodios de tristeza profunda, ante la posibilidad de estar solos por más tiempo.

¿Por qué pasa esto? Porque nuestro cerebro está acostumbrado a trabajar en “piloto automático” y en este modo se nos dificulta parar para darnos cuenta si las amenazas son reales o no. Otra manera de verlo es como si nos moviéramos en inercia. La inercia es la “Incapacidad que tienen los cuerpos de modificar por sí mismos el estado de reposo o movimiento en que se encuentran”. A menos que haya una energía que los detenga o los cambie de dirección, los cuerpos continuarán moviéndose. Esa energía es la intención de parar.

Sin embargo, los seres humanos podemos entrenar nuestra mente para PARAR y decidir libremente cómo relacionarnos con la realidad. Sí. Usted y yo lo podemos hacer.

Usted y yo podemos parar y respirar antes de tomar una decisión, antes de gritarle a nuestros hijos, antes de compartir una noticia. Podemos crear un espacio entre lo que nos dispara el miedo, el dolor, la tristeza o la amargura y nuestra respuesta. No tenemos que repetir desde la inercia lo primero que llega a nuestro cerebro amenazado.

Si tan sólo paráramos y contáramos hasta 10 mientras respiramos profundamente, le daríamos tiempo a nuestro cerebro de calmarse y ver con mayor claridad. Ver al otro que sale sin tapabocas notando su angustia por no tener ni con qué comprarlo. Ver a la persona mayor en la calle considerando que tal vez ya ha pensado en dejar de vivir por causa del encierro prolongado. Ver al médico poniendo su vida en peligro porque es su vocación sin pretender que sea un súper humano.

Esta rutina de parar y respirar funciona tremendamente bien para mantener el balance, y de paso para entrenar al cerebro. Se lo recomiendo. Porque al parar no sólo usted regresa a lo que está pasando en este momento, detiene la inercia, sino que está más presente para el otro. Para su hijo, su esposa, su padre, su amigo.

Lo reto a que lo intente.

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